Recuerdo
sus ojos intensamente profundos y ese grito despampanante lleno de una fuerza intensa, tan intensa como su mirada, ojos capaces de interpelar a cada uno de los que con décadas de
diferencias acompañamos el triste caminar.
Me
sorprendió de tal forma que sigue en el recuerdo intacta ese imagen, nítida, cada cicatriz en sus manos, ay pero se
ven muy cansadas. Transmite en su voz la más conmovedora humildad, su seño
se frunce con rudeza y es que tanto dolor parece ser le dio más coraje que a
cualquiera y de pronto una lagrima corre por su
mejilla, una lagrima llena de decepción, de nostalgia, pero también de sueños,
de ilusiones, esas que están muy lejos de desaparecer, y es ahí en que, en breve momento me mira con
extrañeza y me pregunto, sólo por curiosidad si notara semejante admiración en mi expresión, verá en mi ese anhelo
de llegar a sus años con la misma convicción, pero con muchas más victorias.
En
ese momento único donde chocaron mis interrogantes ojos con los suyos entendí el
sentido de semejante caminata, sin duda el trazo comenzado tenía por destino una
de las despedidas más difíciles de dar, mi boca tembló al verme tan pequeña al
lado de un ser, que a pesar de poseer todo anonimato representaba el sentimiento
más grande de todos los que seguían el
andar por las calles de Santiago.
Mirar a un humilde abuelo amar a sus animales, tomarlos no sólo como una herramienta del trabajo cotidiano del campo, sino también como aquellos que entregan la cosecha después de un largo año de esfuerzo, ese trabajo impulsado únicamente por el amor inmensurable a
su gente, es como mirar a ese viejo comunista, en el se refleja el mismo sentir por su partido,
desde el comienzo fue la herramienta y
eso se palpa en cada paso de su andar lento, en cada frase que se pierde en el
sonido de su homenaje a la compañera que parte.
Hoy
las lágrimas de tantos que han partido se inmortalizan para llenar a su
juventud de lucha y convicción.
Dedicado a los 100 años del glorioso Partido Comunista de Chile
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